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lunes, 26 de octubre de 2009

Salidas a la crisis en el orden internacional

Por CARLOS BERZOSA. Quienes creemos en otros valores y en otro modelo de desarrollo debemos oponer, frente a la globalización económica, otra globalización basada en los derechos humanos, la democracia, la igualdad en derechos y oportunidades, la extensión de la educación y la salud.

Una crisis económica no supone el derrumbe del sistema. El capitalismo ha sufrido muchas, pero siempre ha salido de ellas, aunque dejando en el camino a muchos damnificados. En crisis estructurales como la de los años treinta el capitalismo se tambaleó, y así ha sucedido en la actual. El Premio Nobel Stiglitz dijo que esta crisis era para el capitalismo lo que para el socialismo real había sido la caída del muro de Berlín. Otro tanto dice Jacques Attali en ¿Y después de la crisis, qué? Esto no ha sucedido, por las intervenciones públicas que impidieron ese derrumbe.


El susto que se produjo en septiembre de 2008 llevó a algunos organismos y dirigentes políticos, como Sarkozy, a hablar de la refundación del capitalismo. Otros, como el G-20, llegaron a plantear la necesidad de llevar a cabo reformas. Sin embargo, a medida que se avanza en el tiempo, la posibilidad de introducir reformas se desvanece, con el riesgo de volver a lo de antes.

En su libro, La globalización de la pobreza, el economista Eric S. Reinert decía: “El periodo actual representa una coyuntura en la que pueden suceder muchas cosas. En primer lugar, una crisis financiera importante es más que probable, y habrá que reinventar el keynesianismo en un contexto nuevo y global”. La predicción se ha cumplido, ahora hay que reinventar el keynesianismo, de momento, sólo queda la posibilidad de avanzar en la economía mixta y de introducir reformas en el sistema capitalista globalizado.

Lo prioritario es acabar con la globalización financiera de las últimas décadas, lo que supone introducir una mayor regulación interna en cada país y en el plano internacional. Hay que acabar con los paraísos fiscales, implantar la tasa Tobin y modificar el sistema monetario internacional. Resulta urgente reformar el FMI, dándole una mayor capacidad reguladora y vigilante, así como sustituir la hegemonía del dólar por una cesta de monedas compuesta por el euro, el yen y el yuan que, conjuntamente con la moneda de Estados Unidos y los Derechos Especiales de Giro (DEG), desempeñe un papel básico en las transacciones comerciales y financieras. Lo idóneo sería conceder un mayor papel a los DEG para tender hacia la propuesta de Keynes en los años cuarenta de crear una moneda internacional como el bancor. También sería interesante retomar la propuesta que hicieron Kaldor, Mendès-France y Tinbergen de crear un fondo basado en materias primas y productos primarios procedentes de los países menos desarrollados para que, a cambio, éstos obtengan liquidez.

Para acabar con las grandes desigualdades existentes y luchar contra el hambre y la pobreza sería necesario apostar por las proposiciones que hace el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), organismo al que habría que conceder el liderazgo integrando al Banco Mundial y a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en su seno.

La incorporación de estos organismos fortalecería la acción de Naciones Unidas en la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Un buen resumen del alcance de las propuestas del PNUD ha sido formulado por los profesores de la Universidad del País Vasco, Pedro Ibarra y Koldo Unceta, en su libro Ensayos sobre el desarrollo humano, que se puede complementar con las claves que aportan Jolly, Emmerij y Weiss para comprender la historia intelectual de las Naciones Unidas en su libro El poder de las ideas.

La adopción de estas propuestas supondría sentar las bases de un Nuevo Orden Económico Mundial sustentado en el reformismo en vez de en la ortodoxia del Banco Mundial. Estas proposiciones no sólo pretenden disminuir las acusadas desigualdades que se dan entre países y dentro de éstos, sino que servirían para luchar contra las graves privaciones materiales, sociales y de todo tipo existentes, al tiempo que se fomentaría la igualdad de género y un desarrollo sostenible.

Hace falta voluntad política para vencer la resistencia de los grandes poderes económicos. Quienes creemos en otros valores y en otro modelo de desarrollo debemos oponer, frente a la globalización económica, otra globalización basada en los derechos humanos, democracia, igualdad en derechos y oportunidades,  extensión de la educación y la salud. Y es así porque optamos por un sistema más justo, equitativo y sostenible. Es fundamental que los cambios se produzcan a escala mundial, como resulta también prioritario exigir a los países menos desarrollados la aplicación de políticas sociales para fomentar el desarrollo humano, y no sólo que cumplan determinadas variables macroeconómicas que se han convertido en  dogma.

Es necesario reivindicar un orden nuevo que combata los desequilibrios sociales y económicos, producto del descontrol y la desregulación internacional propios de un tiempo pasado. Ante nosotros también tenemos los problemas que se derivan del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la crisis energética y alimentaria. Son muchos los problemas para que sigamos actuando como hasta ahora confiando sólo en el mercado y entregados al fetichismo del crecimiento.


Carlos Berzosa
Catedrático de Economía, rector de la Universidad Complutense de Madrid (UCM)


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