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viernes, 12 de marzo de 2010

Participación y riqueza de pueblos indígenas

Por CARLOS MIGUÉLEZ MONROY. No se trata de ir hacia atrás, sino de establecer canales de comunicación y participación para buscar el bien común: el de la tierra y el nuestro, que son lo mismo. La tierra siente y está en época de curación. Que descanse para que nos siga protegiendo.

Durante siglos han sido silenciados y exterminados en nombre de un modelo de desarrollo que amenaza a la humanidad y la tierra de la que formamos parte. Incapaces de separarse de la tierra y de los seres vivos que los rodean, los pueblos indígenas ofrecen propuestas alternativas para mantener sus señas de identidad.

Las catástrofes humanas y medioambientales de modelos basados en consignas como “ya no hay sociedad, sólo individuos” han llevado a Naciones Unidas a escuchar a comunidades milenarias y a comenzar a protegerlas. Parten de un Informe sobre el Estado Mundial de los Pueblos Indígenas, que recoge las aportaciones de encuentros como el de la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Más de 3.000 representantes de pueblos indígenas de todo el mundo se hicieron escuchar para poder curar un planeta herido.
Las mismas comunidades elaboraron el informe, donde analizan los principales factores de este modelo de globalización que amenazan sus señas de identidad y la existencia de sus pueblos. La sociedad internacional empieza a tratarlos como sujetos interlocutores en lugar de objetos de “beneficencia” que necesitan “ayuda”. Reconoce el conocimiento que tienen estos pueblos y se muestra dispuesta a aprender. 
Las aportaciones de los líderes indígenas radicales (de radice, raíz) y originales: van a la raíz y a los orígenes. Plasman las mismas ideas de la carta que envió el Jefe Seattle al presidente de Estados Unidos Franklin Pierce que, en 1854, le ofreció comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Washington. A cambio, le prometía crear una reserva para los Pieles Rojas. Los medios no conmemoran cada año la infamia de esas reservas ni el Holocausto que aniquiló a millones de indígenas, que ha dejado a la mayoría de los supervivientes en estado de alienación, en el alcoholismo y la adicción a las drogas, que el informe toma en cuenta junto con otros riesgos para la salud.
Las personas de los pueblos indígenas tienen 20 años menos de esperanza de vida que las del mundo “desarrollado”. Aumentan la mortalidad infantil, las enfermedades cardiovasculares y la diabetes por el cambio de alimentación, por la pérdida de contacto con la tierra y por el alcoholismo en que se refugian para sobrellevar una vida en las sombras. 
“¿Cómo podéis comprar o vender el cielo? ¿El calor de la tierra? Esa idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podrías comprárnoslos a nosotros? […] Somos parte de la tierra, y ella es la madre del hombre de piel roja”, afirmaba el jefe Seattle.
En Naciones Unidas y en organizaciones regionales como la OEA, se toma cada vez más en cuenta la relación que tienen muchos pueblos con la tierra. No como un derecho a la propiedad privada, sino como un bien de la comunidad para que los pueblos puedan vivir en armonía y dar a cada uno lo suyo. Así lo ha entendido la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
La tierra no pertenece a ningún “individuo”; la comunidad pertenece a la tierra,  patrimonio en el que sus componentes encuentran y comparten el sustento. Ahí encuentra una conexión espiritual con la vida y con sus ancestros.
La búsqueda frenética de yacimientos de petróleo, de gas y del oro azul pone en peligro la supervivencia de muchos pueblos indígenas porque rompe el equilibrio en su relación con la tierra. Así lo demuestra la expulsión de pueblos indígenas de sus tierras en la Amazonía, en la Selva Lacandona y en los bosques tropicales del sureste asiático.
Sin protección adecuada a nivel estatal y en el seno de organizaciones internacionales, grandes multinacionales y grandes patrimonios acapararán las tierras que necesitan esos pueblos para poder desarrollarse con sus señas de identidad. El 90% de sus lenguas podrían desaparecer en los próximos años, con lo que supondría de retroceso para su medicina, sus tradiciones y sus aportaciones culturales.
No se trata de ir hacia atrás, sino de establecer canales de comunicación y participación para buscar el bien común: el de la Tierra y el nuestro, que es el mismo. La Ley del Pachuti de los Aymaras: la tierra siente y está en época de curación. Que descanse para que nos siga protegiendo.

Carlos Miguélez Monroy
Periodista y Coordinador del CCS
http://ccs.org.es/
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