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viernes, 8 de abril de 2011

Responsabilidad democrática

Por JOSÉ CARLOS GARCÍAFAJARDO. Ya no bastan la compasión, ni la indignación ni una reacción guiada por impulsos viscerales, aunque esas fases sean necesarias.

La situación de millones de personas se hace insoportable, aunque con las nuevas tecnologías de comunicación nos sepamos capaces de hacer realidad lo que anhelamos.
Ante la conmoción que vive el mundo y que se propaga gracias a estos medios, se alzan voces que animan a la indignación, y otras que piden la reacción, para pasar al compromiso en la acción.
Algunos han actuado como si el mundo globalizado fuera de su exclusiva competencia. Se mueven como sátrapas de un imperio invisible, pero de repercusión masiva.
Si no han respetado a los pueblos, a los seres humanos, a las comunidades sociales con sus tradiciones y culturas, tampoco se iban a detener en el expolio de una naturaleza con recursos limitados pero suficientes para convivir en una sociedad armónica, justa y solidaria.

Ha llegado el momento de alzarnos pues la injusticia y la locura no pueden imponerse a los más profundos anhelos de las gentes que se saben responsables y necesarias. Es preciso aunar voluntades, concitar adhesiones con propuestas alternativas sostenibles, que siempre se hacen realidad cuando las proyectan inteligencias responsables.
Durante casi un siglo millones de europeos padecieron bajo la tiranía de la URSS, de totalitarismos fascistas y de dictaduras militares. Llegaron la liberación y las democracias; y en muchos de estos países, miembros de la Unión Europea, es bochornosa la falta de interés en las convocatorias electorales.
En la universidad más prestigiosa y grande de España, la Complutense, se han celebrado elecciones a Rector en la que participaban todos los estamentos: profesores doctores, contratados, personal administrativo y estudiantes. Mientras que los primeros concurrieron en un 80%, de los 81.413 estudiantes sólo participó un escuálido 14’5%. ¿Cómo puede funcionar una democracia en la que los jóvenes no participan? ¿Se darán cuenta de cual es la alternativa? Lo seis candidatos habían visitado cada una de las facultades con sus programas para responder a las preguntas.
Admiramos a las personas capaces de comprometerse con ideales generosos y de superar ideologías que hacen del ser humano un objeto de mercado, de fascinación o de intercambio. Los jóvenes rechazan la guerra, los paraísos fiscales, los grupos de poder que controlan una sociedad de mercado injusta en la que se confunde valor con precio.
Protestan ante esta gestión financiera y mercantilista de una globalización para que los condenados del mundo hagan escuchar su grito y puedan construir una convivencia más humana. Pero muchos no se comprometen.
Tenemos que participar en la cosa pública y contribuir a las mejoras sociales. Nadie nos había prometido que fuera fácil y, si nadie tiene que mandarnos, ¿a qué esperamos?
En las últimas tres décadas ha aflorado el voluntariado social como respuesta a las desigualdades injustas. Y aunque las personas generosas siempre serán necesarias, -porque aportan un plus de humanidad-, muchas organizaciones humanitarias de la sociedad civil se han burocratizado y contagiado de los mismos defectos que motivaron su llegada.
Hoy vivimos en red y nos sabemos nudos de relaciones, espacios de encuentro. Hemos superado las distancias y podemos estar informados al instante de lo que sucede y pasar mensajes para interactuar en un movimiento fecundo y expansivo contra una sociedad que nos oprime y devora como un cáncer. La respuesta está en nosotros, en los miembros de la sociedad civil, activos y comprometidos con la causa de los más pobres.
Nos movemos acuciados por la pasión por la justicia y, en nuestra tarea, aportamos la delicadeza en el modo y la firmeza en los fines. Ya no bastan la compasión, ni la indignación ni una reacción guiada por impulsos viscerales, aunque esas fases sean necesarias.
Podemos si creemos que podemos, que formamos parte del tejido en el que no hay un nudo más importante que otros, así como no existe ningún eslabón más importante que el resto en una cadena.
Actuaremos como acumuladores y transformadores de energía para sostener la red sobre la pista de este circo. Recogerá al que caiga, lo devolverá a su puesto y seremos invisibles a los ojos del público que no podrá dejar de sentir la conmoción ordenada a otro mundo más justo y necesario.
Somos seres sociables que podemos mejorar el bienestar de la comunidad y el propio. La mutua solidaridad incrementa lo mejor de cada uno para el servicio de los demás. Al profundizar en la dimensión antropológica de la solidaridad, esta se expresa como una necesidad de restaurar la unidad de derechos originaria.
No es de extrañar que el voluntariado se plantee como plataforma de reivindicación de justicia para que la solidaridad sea algo real, exigible y de la que somos responsables.
José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS


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