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jueves, 1 de junio de 2017

Revolución ecológica

Cuando la gente conozca el coste real de todo lo que consume, cambiará de comportamiento. Estamos a las puertas de una revolución que consistirá en recuperar el nexo perdido entre el hombre y la naturaleza.

Tuve la suerte de vivir mi infancia en un mundo en el que todo se reciclaba aun cuando ni siquiera se había inventado esa palabra. En mi casa, todo se aprovechaba y no se tiraba nada. Mis padres crecieron en un mundo en el que no había lugar para los desperdicios. Y así vivieron. “¡Cuánto da la tierra!”, decían. Y a ella estaban unidos de una manera instintiva, pues con ella hicieron las casas  y de ella sacaban lo suficiente para vivir conectando con los ciclos sucesivos de vida y muerte de la Naturaleza.

La madera, recogida de los bosques y caminos, limpiaba esos lugares y servía para calentarnos y para mantener encendido el fuego de la cocina; los escasos restos de la comida iban para los animales o a formar parte del estiércol que después servía de fertilizante natural. Y así con todo lo demás.

Su ‘televisión’ era ver cómo crecían los frutos de la tierra; su viaje era caminar con la vida que crecía, y su satisfacción consistía en sacar de la tierra productos que hoy se llamarían productos ecológicos. Vivían unidos a la Naturaleza y gozaban sabiendo que de ella veníamos y a ella habíamos de volver.

Desde aquí se puede entender lo que resume el psicólogo Daniel Goleman, que ve un problema en la desconexión profunda entre el hombre actual y la Naturaleza, producida con la revolución industrial.

“Mientras la gente vivía en las granjas y en contacto con la tierra, existía una ‘memoria ecológica’ que pasaba de generación en generación. Con la inmigración masiva a las ciudades ese conocimiento se perdió, y también el contacto directo con los ciclos de la Naturaleza. Hemos levantado una barrera que nos aísla del mundo natural y nos impide ver las consecuencias de nuestros actos”.

El biólogo alemán Ernst Haeckel creó el término “ecología” en 1866. Con él se refería a la economía doméstica de la Naturaleza, y a las relaciones entre los seres vivos, y los animales.

A partir de los años setenta el término y su significado se popularizan y podemos hablar de la revolución ecológica y, a la vez, de la trivialización de la ecología. La Real Academia de la Lengua, que define el término como la “ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con su entorno”, aporta una tercera definición: “defensa y protección de la Naturaleza y del medio ambiente”.

En 1970 se celebró en Estados Unidos la Manifestación del “Día de la Tierra”, considerada como un acto del “activismo ecológico” cuyo objetivo era lograr el respeto al medio ambiente. Dos años más tarde, la Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente, celebrada en Estocolmo, concluye con diversos acuerdos.

La ecología se convirtió en objeto de preocupación ante una realidad cada vez más alarmante (agujero de ozono, gases de efecto invernadero, recalentamiento del planeta, cambio climático), y movilizó  grupos de todo tipo que fueron logrando que se fuera introduciendo la ecología en los programas escolares. La revolución ecológica no hacía más que comenzar.

Comenzaron a difundirse decálogos y propuestas de todo tipo (por una vida sana, por un urbanismo ecológico, por una energía limpia, por una economía sostenible….), se formaron palabras cargadas con la magia del prefijo “eco” (ecoproducto, ecoetiqueta, ecocidio, ecomarketing, ecosistema, ecotasa, ecoturismo, ecoconsumo…), y el espíritu verde fue adueñándose de mentes, manos y corazones. Llegaron consejos que se resumieron en reducir el consumo, reutilizar el mayor número posible de objetos y reciclar fabricando nuevos productos.

Pero no basta con reciclar. Ni con comprar alimentos biológicos. Ni con cambiar las bombillas o desconectar los enchufes… “Esos pasos son necesarios pero insuficientes, porque lo que hay que cambiar realmente es nuestro modo de pensar. Todos nuestros actos tienen un impacto en el medio ambiente: negarlo es de ignorantes”.

Eso dice Daniel Goleman, que popularizó el concepto de “inteligencia emocional”. Ahora, más allá de cualquier “oportunismo verde”, acaba de darle a ese concepto una nueva vuelta de tuerca con la “inteligencia ecológica”. Goleman se ha propuesto combatir la ausencia de memoria ecológica con la herramienta más básica: información. Piensa que “cuando la gente conozca el coste real de todo lo que consumimos, cambiará de comportamiento. Estamos a las puertas de una revolución ecológica que consistirá en la divulgación de ese conocimiento que hasta ahora ha sido ocultado a la opinión pública”.

Entonces la revolución ecológica va a llegar a todos a través de la educación. Goleman prevé una revolución verde en las escuelas para cambiar el modo en que los niños se aproximan a la ciencia: “Aprenderán a calibrar el impacto real de todas y cada una de sus elecciones personales. En eso consiste la inteligencia ecológica”.

Herminio Otero
Periodista

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